LA BÚSQUEDA DEL CAMINANTE Se propuso encontrar una estrella en el cielo, que aliviara su soledad. No era una estrella al azar la que buscaba, sin embargo todas se la parecían. La confusión le mantuvo vagando por años. En el camino encontró una estrella de intensa luz, creyó ver en ella la eterna iluminación. Pronto comprendió, que su destello duraría poco, y de nuevo se encontraría en la penumbra y así fue, la estrella dejó de iluminarle haciendo de sus días un mundo gris.Una estrella joven, recién creada, mantuvo su esperanza. La estrella joven no comprendía sus palabras, sus noches de tranquilidad, ella quería volar. Siguió buscando y volvió a encontrar otra estrella similar a las otras; luz brillante, casi cegadora, pero tampoco resultó ser la que él necesitaba. Una tras otras, en la búsqueda siempre mancillaban la fe de dejar de estar sólo y sin luz, pero a ninguna le duraba el resplandor demasiado, no entendían ni compartían su manera de sentir. Dejó de buscar y dedicó su vida al camino en soledad, apartándose de la noche, para no sentir a las estrellas en el firmamento. Y un día tras una tormenta, apareció un cielo limpio y claro y entre las nubes una estrella brillaba sin demasiada luz, sin demasiada voz. Apartada de sus hermanas parecía menos importante que ellas. El la miró varias veces y quiso alejarse, creyendo que sería una más. Continúo su camino. Cuando él se sentaba en las piedras del rio a meditar, la estrella se situaba sobre su cabeza, silenciosa,haciendo más lúcidos sus pensamientos. Si sus pies le conducían por un estrecho y rocoso camino, la estrella lo iluminaba al irse el sol. Durante un largo tiempo la estrella lo siguió, mientras su luz se hacía cada vez más intensa. El la esperaba cada noche. En voz baja la contaba cómo le había ido el día, y ella sonreía. Con el tiempo no pudo prescindir de su nueva compañera, ella escuchaba sus lamentos, reía con sus ocurrencias, los sueños de ambos se mecían como en un estrecho abrazo,compartían el camino uno al lado del otro, y sin apenas darse cuenta ,la soledad abandonó el alma del caminante, al encontrar esa estrella que apareció sin ser buscada.
Las ventanas estaban abiertas. Sin embargo, la alta temperatura de la habitación era insoportable. Con la excusa del calor, Denis escapándose del momento que imaginaba no tardaría en llegar, salió al balcón. Desde allí podía ver el mar, incluso oía el eco de las olas. Se aferró con ira a los barrotes. Un pequeño fragmento suelto de los hierros, hirió su mano derecha, enganchó su anillo extrayéndole del dedo anular y en un vuelo gravitatorio cayó libremente hasta la entrada del hotel. Unas gotas de sangre se derramaron en el suelo. Pensó que era una señal. Se lamió la mano. Detrás suyo escuchó el sonido del descorche de una botella de champan. Se aferró aun más al balcón. Denis no podía, ni quería amarla. Sus manos no podían rozar su cuerpo, sus curvas todavía insinuantes no bastaban para permitirle arrojarse en sus brazos, no al menos sin cerrar los ojos, sin imaginarse en otro lugar. Gloria lo oprimió por la cintura. Denis no se movió. Su olfato percibió el perfume de Gloria. No soportaba aquel olor, lo odiaba. Él mismo le había regalado en otros tiempos, frascos y frascos de aquel líquido que tanto adoró años atrás. Pero la vida cambia y aquella noche, en la que celebraban los quince años de matrimonio, Denis, sólo podía pensar en Verónica, en sus labios, en su boca suave, cálida y húmeda entrelazada con la suya. En todos y cada uno de los momentos imaginados, no reales, pero tan esperados, tan deseados. Si su rostro hubiera sido otro… Si los sonidos de sus cuerdas vocales, si su risa hubiera sido diferente… pero no era así. Denis debía arrastrar la maldición de pensar sólo en Verónica, de soñar solamente con ella. Verónica era la imagen contraria del espejo, el reflejo opuesto de su mujer. Sus ojos, enigmáticas lagunas negras, inundaban la mirada de Denis hasta golpearle en lo más hondo de sus instintos y a veces incluso de su alma. Sus movimientos lentos y cadenciosos, dejaban en el aire una estela de sugestión carnal. Verónica, a veces tan inalcanzable, a veces tan cercana, se había convertido en el único y obsesivo pensamiento de Denis.
Sin soltar totalmente los barrotes, se giró sobre sí mismo. Besó los labios de Gloria cerrando los ojos. Otros hubieran creído que era el claro signo de la pasión, pero sólo era un acto pensado. Era la única manera de no ver el rostro de su mujer y poder imaginar a Verónica uniéndose con él y con su anhelante boca. Sus brazos se soltaron poco a poco. Con un movimiento brusco, agarró a su mujer por la cintura y sin abrir sus ojos, besó su cuello, su nuca, sus hombros. Sus labios fueron deslizándose ansiosos por un cuerpo imaginado y deseado. Las yemas de sus dedos buscaban la curvatura de unos senos sospechados. El aroma volvió de nuevo y violentamente se apartó. En un impulso, que podía parecer una propuesta digna del mejor amante, cogió de la mano a Gloria, dirigió sus pasos al baño, y allí, desnudándose con rapidez, invitó a su mujer a hacer lo mismo. Minutos después el agua se deslizó por ambos cuerpos. Como una cascada templada se abrió paso entre las piernas. El perfume fue desapareciendo del cuerpo de Gloria. De nuevo los ojos cerrados, la mente a kilómetros de aquella habitación. Las gotas de la ducha se fusionaron con otras saladas procedentes de los ojos de Denis. Las manos temblorosas recorrían cada punto del cuerpo de Gloria. Con sacudidas hasta ahora jamás sentidas, viajando por todos y cada uno de los rincones femeninos, imaginándolos desconocidos, soñó con la piel tibia y receptiva de Verónica. Gloria, estremecida por aquellas inusuales demostraciones, apretaba su cuerpo contra el de Denis, quien parecía recibirlo con el agrado y el misterio de una primera vez. En el hilo musical, una canción en francés ambientaba el momento para los dos, mientras las lágrimas continuaban mezclándose con el agua, simulando un amor apasionado. Como dos jóvenes adolescentes se enredaron salvajemente, delicadamente, tiernamente, violentamente. La luz proyectaba la sombra de una única silueta, la de dos cuerpos unidos en uno sólo. El móvil de Denis sonó dos veces. La primera hizo que él volviera a la realidad. La segunda provocó el desencadenado final de aquella escena amorosa. Gloria salió de la ducha y contestó al teléfono. Una voz femenina al otro lado del teléfono, para ella. Para él, el sonido de la libertad, el empuje para acabar con todo, para dejar de fingir. Para acabar con el engaño. -Era Loreto, quería saber cómo estábamos. Esta niña siempre tuvo desde pequeña el don de la oportuna interrupción. Denis se desplomó sobre la cama. El burbujeo del champan en las copas, el mar, la música en francés, y él, en aquella habitación, con la que tanto había fantaseado, y sin embargo estaba acompañado de la mujer equivocada. Salió de nuevo al balcón. Volvió a sonar el teléfono. Gloria se lo entregó con indiferencia. -Contesta Denis, esta vez sí es… Verónica. Pero antes brindemos por la despedida. Y ahora, cuando te vayas con ella, dale las gracias de mi parte. -No entiendo Gloria. -De no haber existido ella, nunca hubiéramos disfrutado de este último acto tan apasionado.
A lo largo del último año, el primer martes de cada mes ,se repetía el mismo ritual. El recorrido esperanzado, desde la ventana del salón hasta el reloj del pasillo y luego a la mirilla de la puerta de entrada, que durante tres horas de continuo movimiento era como el milagro de la vida para Julia, finalizaba cuando el timbre de la puerta resonaba en la casa y ella, arreglando su cabello, abría al cartero y recibía la carta mensual. Luego, lo que sucedía, estaba previsto. Apretaba con anhelo el sobre contra su pecho y perdiéndose en el acolchado sillón, leía el trocito de papel mientras escuchaba a Gardel cantando “Cuando tu no estas”. Pero aquel martes víspera de la noche de reyes, tras el rito acostumbrado, el timbre de la puerta no sonó. Julia, sola, ensimismada en intentar comprender que había pasado con su carta, sin llegar a entender que clase de injusticia era aquella que la privaba del placer de recibir las noticias de ese amor que sentía tan cercano en cada párrafo leído, esperó a que el día llegará de nuevo, y así, se mantuvo alerta un día tras otro esperando la llegada del cartero. Tras una semana de inquieta espera, la carta número trece no llegó, y a pesar de que hacía más de un año que Julia no había pisado la calle, se enfundó en un traje color azul y se acercó a la oficina de correos para indagar sobre el paradero de la carta. En la antesala de la oficina, una joven descolgaba los adornos de Navidad. Julia la miró de arriba abajo y de abajo arriba y tras esos segundos de convulsivo examen, preguntó sin preámbulos por su carta. La joven, molesta por la mirada inquisidora de Julia, consultó de mala gana los archivos y buscó la desaparecida carta sin hallarla. Julia mantuvo la mirada fría durante un rato, hasta que se vino abajo y llorando tuvo que tomar asiento. La joven intentó consolarla con la justa compasión de estos casos, en los que sin saber porque, alguien desconocido llora ante ti y has de remediar su dolor. Como si el agua lo curase todo, la ofreció un vaso. Julia, desilusionada por no poder regresar a casa con su sobre para acariciarlo, se levantó e hizo intención de salir de la oficina, justo en el preciso momento en el que un hombre con sombrero de fieltro entraba. El caballero, viendo los ojos vidriosos de Julia, tras recoger un paquete se ofreció a acompañarla hasta su casa. Durante aquel paseo inesperado y oportuno, Julia narró la historia que la atormentaba, el desvelo de los días atrás y la espera inútil de su carta. Relató animosa la hermosura de su Argentina lejana, de sus sueños cumplidos y del amor vivido. Con lengua suelta y alegre, su voz cada vez sonaba más melodiosa, y durante el paseo se olvidó de la carta. Tras aquel paseo vinieron otros, y el protocolo de los primeros martes de mes se perdió entres miradas cómplices y confidencias. En las noches frías que vinieron aquel invierno, una imagen diferente se dibujó en los cristales de la ventana, un caballero amable disipó la añoranza de otros tiempos. A veces Julia miraba el retrato de aquel hombre que tanto la amó desde la juventud, con el que atravesó el océano, aquel de quien un año atrás se había despedido bajo los cipreses del cementerio y al que conservaría siempre en la memoria. Un martes, sin ritual previo, sonó el timbre de la puerta. El cartero, cabizbajo, se disculpó por la tardanza en la entrega de una carta olvidada entre otras infantiles, llenas de ilusiones y deseos, en la pasada noche de reyes. Julia, ni siquiera abrió la carta, sabía bien lo que decía, recordaba cada renglón, cada frase que ella misma había escrito tratando de no olvidar a quien la había amado hasta la muerte. Quizá fue el azar quien hizo que se extraviara la carta, o quizá fuera la forma que el destino tuvo de ofrecerle ese nuevo amor. Julia, se sentó acomodándose en su sillón, apretó la carta en su pecho, y de nuevo se escuchó la grave voz de Gardel.
Habían pasado catorce días desde la noche del parto. La Emperatriz, con dolores silenciados, había dado a luz un hijo varón. Días antes, yo misma había alumbrado a un niño de igual aspecto que aquel que yo abrigaba entre mis brazos: delgado, frágil y de pálida tez. Nadie conocía la existencia de ese hijo; nadie excepto mi madre, que enterada de mi plan, iba a ser cómplice de una trama que no debería ser descubierta así pasaran los años.
Esperé a que el ama de cría abandonara el aposento. Envolví a la criatura en tela de lino y vigilando los movimientos de la guardia salí protegida por una noche sin luna. Las sienes me palpitaban. Las sombras que las teas trazaban en el empedrado me sobrecogían. Presurosa abandoné la plaza alejándome del palacio de Don Bernardino Pimentel. A los pocos pasos emprendidos, mis intenciones a punto estuvieron de convertirse en meros e inútiles deseos. Adentrándome ya en la calle de Santo Domingo de Guzmán vi volver la esquina a dos frailes en ruegos y oraciones. La calle se convirtió en unos segundos en una trampa sin salida. Un campanario dio las nueve. Bajé la cabeza al cruzarme con ellos. El sudor me impregnaba la toca y de ella escurría el hilillo acuoso que me llegaba hasta el cuello. Se dirigieron a mí con palabras que no entendí. No pude ver sus rostros, pero sentí que sus ojos se clavaban en el bulto que formaba el niño bajo mis ropas y rogué para que no llorase. Mis ruegos no fueron escuchados y el niño arrancó en un berrido agudo que inquietó mis oídos y mi ánimo. Aquel llanto alertó a los frailes quienes lanzaron maldiciones y acusaciones de brujería sobre mi persona. Sujetando al niño con mayor intensidad corrí calle abajo perseguida por el fraile mas joven. Sin aliento y forzando mi cuerpo, corrí aún mas deprisa. Sentí un fuerte dolor en el pie derecho. Caí golpeándome contra la calzada. El miedo se apoderó de mi mente pero no podía dejarme vencer por él. Levanté con esfuerzo mi cuerpo del suelo y emprendí de nuevo la huida. Tras de mí, el fraile profiriendo palabras de exorcismo respiraba exhausto por el esfuerzo. Torcí la calle contigua, mire hacia atrás y complacida comprobé que había conseguido zafarme de mi perseguidor. Tras unos segundos, recuperé el aliento y me dirigí hacia el rio. Allí esperaba mi madre con mi vástago. Al llegar a la mansedumbre del rio Pisuerga, introduje mi cabeza en sus aguas refrescándome el cuerpo y hundiendo el miedo en ellas. Me despojé del griñón que la Emperatriz me obligaba a usar y dejé que mi cabello mojado se descolgara humedeciendo mi espalda. Me tumbé sobre la hierba de la orilla y profundamente respiré.
Mi madre, sin hablar, desenvolvió el fardo en el que tras del llanto inoportuno dormía el hijo de la Emperatriz. Él bebé, que apenas tenía quince días, despertó al sentir el frescor de la noche y volvió a llorar. Sus labios carnosos se abrieron con movimientos armoniosos de succión. Abrí mi corpiño y concedí al pequeño Felipe el alimento de mis propios senos que hasta el amanecer compartiría con mi hijo. Después los dos entramos en un profundo sopor abrigados entre los matorrales de la orilla. Mi madre veló nuestro sueño, el mío y el de los neonatos.
El alba llegó rápidamente. Al despertar ni mi madre ni el pequeño príncipe se encontraban junto a mí. Así debía ser, mi madre cumplía mis indicaciones desapareciendo antes de los primeros rayos de sol con el niño robado. Sin demora, cargué con el fardo en el que plácidamente dormía mi hijo.
Recorrí las calles andadas la noche anterior evitando pasar por la judería y al llegar al palacio deposité al niño envuelto en lino, en la cuna de encajes y sedas, sabiendo que en pocas horas el ama de cría entraría en los aposentos del príncipe para amamantarlo. No me despedí del niño, no besé su rostro, no quise verlo. En mi mente solo existía la idea fraguada durante largas noches, de hacer de mi vástago un hijo de la corte. El, mi pequeño indefenso, el retoño de una sirvienta, gozaría de la vida que yo, su propia madre, no podría ofrecerle mas que con este arriesgado ardid.
Escuché pasos y el chirriar de la puerta. El ama de cría entró y se abalanzó sobre la cuna. Revisó al niño, luego me dirigió una mirada desdeñosa y solo acertó a exclamar.
_ ¡Huye, antes de que recobre la sensatez y acuse tu acción!
Supuse que ella misma como madre había comprendido mis intenciones.
Al abandonar el recinto sentí una punzada en el costado, un chasquido insonoro en el corazón. Me alejé y regresé a mi improvisada guarida junto al rio.Sola, con los pechos colmados y sin poder aliviarlos con el ser que mi vientre había concebido, tumbada en las inmediaciones de las aguas, sentí el frio que deja el dolor del alma. Sabía que actuaba en bien de mi pequeño, pero al comprender que su destino ya no estaba en mis manos, al entender que jamás volvería a sentirlo junto a mí, grité angustiada inquietando a las ánades que tranquilas se mecían en el rio. Tras ese grito mi alma quedó tranquila, pero de pronto me sobrevino un pensamiento cruel ¿qué sería de mi hijo si descubrieran que no se trataba del príncipe? ¿Y si el ama de cría, que al fin y al cabo era la responsable del pequeño príncipe, me denunciara? Quizá mi pequeño fuera asesinado y yo capturada y acusada tal vez de brujería. En ese momento tuve la intención de regresar de nuevo hasta el palacio, pero recordé que la plaza del convento de San Pablo a estas horas, estaría custodiada por la guardia y no podría acceder de nuevo al interior del palacio sin levantar sospechas. Comencé a inquietarme. Tuve miedo y creí prudente conservar la calma y así permanecí algunas horas en mi refugio, tras las cuales volvería al palacio.
El rio me ofreció su frescor y su armonía. Durante aquel tiempo que parecía haberse parado, vi como las aguas arrastraban la hojarasca caída de los árboles e imaginé como mi propio hijo esa misma mañana de junio, saldría por la ventana del palacio para recibir el santo sacramento del bautizo y a partir de ese momento su cuerpo se vería envuelto de la sedosa vida real.
Cuando el sol llegó a su punto mas alto, emprendí mi regreso al palacio.
La plaza estaba engalanada con flores y suntuosos adornos. La muchedumbre aclamaba el paso de la comitiva. Un pasadizo elevado fue el camino dispuesto hasta la iglesia de San Pablo. La sonrisa se dibujó en mis labios al ver al Condestable de Castilla portando en sus ilustres brazos al niño, sin sospechar en momento alguno, que quien ataviado del faldón real no era quien debía ser. Junto al Condestable caminaba despacio el Duque de Alba seguido de los elementos bautismales: la vela, la sal, las fuentes y el alba delicadamente confeccionada con bordado de Asís. La aparición de Doña Leonor, Reina de Francia, fue acogida con aplausos y ovaciones y yo, sentí orgullo sabiéndome la progenitora de quien era tan ostentosamente acompañado. Pensé que por derecho natural yo debía haber pertenecido al séquito de mi hijo, pero supe ceder ese privilegio a quien no le pertenecía. ¿Qué mejor dádiva bautismal podía recibir el fruto de mis entrañas, que ser lisonjeado por derecho propio siendo hijo de un cortesano y una sirvienta?
Ya dentro de la iglesia el niño fue tomado por el emperador Carlos. El agua resbaló por su cabecita. En medio de los cánticos de júbilo la criatura rompió a llorar. El orgullo que había sentido se transformó en la impotencia de saber que había perdido la potestad de consolar a mi hijo y nuevamente volvió a mí el chasquido del alma. No pudiendo soportar despojarme de mi maternidad abandoné la plaza. Corrí entre la gente con desesperación. Deseaba el bálsamo de los brazos de mi madre. Solo su calor podría mitigar la desazón, pero sabía que mi madre se había alejado con el príncipe sin retroceder en sus pasos. Arrepentida de mi plan, desee no haberlo hecho. Desee dar marcha atrás en el tiempo y poder así recuperar a mi hijo. Nada había ya que pudiera hacer. La historia de España iba a ser transformada por mí, una joven deshonrada entre muros reales y mi vida truncada por el horror de perder a un hijo.
Las profundas aguas del rio se me presentaron como el mejor lugar para acabar con mi existencia. El frio cortante penetró en mis huesos, se levantó el aire y elevé mis brazos al cielo. En silencio pedí perdón. Oré sin saber hacerlo. Repentinamente el llanto de un niño pausó mis plegarias. Giré sobre mí misma y vi a mi madre extendiendo los brazos y ofreciéndome el cuerpo de aquel niño. Retiré las telas que cubrían su cuerpo. Mi madre asintió con la cabeza. Lloré abrazada a ella. Apreté el delicado cuerpecillo en mi pecho y sentí el calor del hijo nacido de mí ser. Di gracias a los cielos de que mi madre no hubiera obedecido mis órdenes. Mi hijo sólo pertenecía a mi mundo.
Entonces recordé como la nodriza había sido testigo del supuesto cambio de los infantes y a pesar de ello no había avisado a la guardia, dejando así libre y sin acusación mi proceder. Pensé entonces que mi miedo a ser acusada de un hecho no consumado había sido infundado. Era evidente que el ama de cría había reconocido en la cuna al hijo de la Emperatriz. Pero aun así no comprendí el favor de aquella mujer; a nadie, salvo a ella, le estaba permitido entrar en los aposentos del príncipe y hubiera sido razonable que me hubiera denunciado al sorprenderme junto a la cuna. De pronto, mi mente se inquietó al asaltarme una sospecha. Tal vez el niño que yo había robado de sus aposentos no era quien yo creía y si no lo era ¿En verdad hoy había sido bautizado el hijo de una Emperatriz o quizá el de una nodriza?
Con mi hijo en brazos abandoné las inmediaciones del Pisuerga. A mis espaldas, las aguas tranquilas del rio dejaron en el aire el murmullo cómplice de una duda y yo, con cierto recelo y una expresión sonriente en los labios, exclamé.
La carretera se desliza bajo las ruedas. Tras los cristales, en este caluroso septiembre, los arboles, sinuosos pinos cargados de aroma verde y canela, permiten a sus frutos, abandonar las ramas. Esas codiciadas piñas, se golpean sobre el suelo, desgranándose libres. Prefiero sentir el aire que refresca mi cara y bajo suavemente la ventanilla.
Coloco el espejo retrovisor para verme bien, y en el veo una amplísima sonrisa, la de él, la de mi padre que me sostiene sobre sus rodillas. Mis manos se aferran al volante, y con correctos movimientos, siento que gira y gira, sin girar.
Sigo deslizando mis manos por el volante de cuero negro, y mi viaje cada vez es más interesante. El pinar es ahora, la carretera comarcal de un pueblo lejano no conocido para mí. Ha pasado una cigüeña con su vuelo rasante sobre el coche. Claro, no lo recordaba, mi primo está a punto de nacer, eso me han dicho.
Así varios minutos, varias horas, sobre las piernas de mi padre, sentado, como en el más cómodo de los sillones. Recorriendo nuestros mundos.
Ahora que no hay curvas, enciendo la radio. Formula quinta, canta “Vacaciones de verano”, y en ese momento mi madre, con delicados golpecitos sobre el capó, nos llama para merendar. Puedo oler el aroma nostálgico de aquellos pimientos verdes, fritos amorosamente y que acompañan la famosa tortilla de mi madre, pero a pesar de esos olores prometiendo una magnifica merienda , mis manos no quieren dejar el volante, y sobre todo no quiero abandonar mi viaje, no quiero apartarme de los caminos ya recorridos, y de los que voy a recorrer, y pido zalameramente a mi madre unos minutos más, mi padre la mira de la misma forma que yo, y ella, que no sabe resistirse a nuestros cómplices gestos, nos concede el favor solicitado, y continuo y continuo, con cara de velocidad. ‘‘ha de darme tiempo a finalizar el viaje’’.
Tras esa tregua, no tengo más remedio, que bajarme de las rodillas de mi padre, y regresar de nuevo al aroma de los pimientos y de la madera de los pinos, no sin hacerle prometer que antes de marcharnos, me dejará de nuevo sentir el aire fresco de otros lugares, en un nuevo viaje estático en nuestro coche. Mi padre, dándome una pequeña y suave sacudida en el hombro me pide que baje, indicándome con su mirada la de mi madre, que empieza a impacientarse. Rezongueo un poco, pero al final, sucumbo en el placer de la merienda en mi paladar, mientras de reojo, no pierdo de vista el automóvil, preguntándome ¿a dónde me llevará la próxima vez? ¿Cuál será el nuevo viaje compartido con mi padre? Sobre sus rodillas, el mundo me resulta seguro, ninguna de las carreteras que puedan sorprenderme me dan miedo, mis sueños, se repiten una y otra vez, sintiendo la mirada y la sonrisa de mi padre en mi nuca.
Realicé cientos de viajes con mente infantil, y a medida que mis piernas iban alargándose , dejé de necesitar sentarme sobre mi padre, para poder ver a través del cristal delantero y mis minúsculas manos pudieran asir el volante. Pero, él, siempre estuvo allí, acompañando mis salidas a otros mundos, en los recorridos de mi imaginación, mientras las cigüeñas volaban sobre mi y ya sabía que no significaba que alguien iba a nacer, mientras comprendía que el tiempo se deslizaba por nuestras vidas, los inviernos y lo veranos se sucedían irremediablemente, y con ellos se iban y venían, los años.
Cuando decidí tener por fin la posibilidad real de viajar a lugares vecinos o no, con mis propios pies sobre los pedales, él, también estuvo ahí, junto a mí, dándome sus indicaciones, sus consejos, “No aceleres demasiado” “Relaja tus músculos, el coche es tu compañero”.
Y por fin, un día, al comenzar el verano, tras haber aprobado el último curso de bachillerato, salí victorioso del examen que daría rienda suelta a mi mayor ilusión de aquel momento: podría conducir y estaba vez no tendría que imaginarlo.
Primero vinieron los paseos en el antiguo coche de mi padre, en aquel que vi pasar delante de mí la vida, en el que soñé carreteras y autopistas, pueblos y ciudades.
Luego los primeros paseos con Soledad, las tardes junto a los pinos, los caminos crujientes, los veranos cálidos, los anaranjados septiembres. Más tarde, al salir de la universidad, las reuniones con los amigos, los viajes de fin de semana, y por fin ,con mi primer trabajo, conseguí mi propio coche, en el que ahora, después de siete años, sostengo a Paloma sobre mis rodillas, tan pequeña y soñadora como yo cuando era un chaval. Tan chiquita, con los mismos ojillos curiosos. Tan descarada y zalamera cuando su madre, mi querida Soledad, la pide que se lave las manos y vaya a merendar.
Y la vida se repite en una sinfonía continua. Con mayores o menores oportunidades, pero al fin es la misma, la de aprender, la de recibir y la de dar, la de soñar y viajar por ella. La de crecer y equivocarse. La de recordar aromas, a madera, hierba fresca, piñones apunto de madurar.
Creo que siempre recordaré el vuelo de mi cigüeña y mis carreteras imaginadas.
Y esta mañana, él, mi padre, también está conmigo. El día está sombrío, se percibe el aire fresco de la madrugada, y el olor de la lluvia que pronto nos sorprenderá, mientras recorremos los escasos kilómetros hasta el pueblo, donde el párroco oficiara la misa funeral por mi madre. Mi padre se siente dolorosamente abandonado, desgastado y triste, siente que ha perdido su habitual actividad, ya no tiene ganas de darme consejos, e incluso cree que ya no lo necesito, y siento que hoy soy yo quien lo lleva sobre mis rodillas.
Me gustaría regresar a los aromas pasados, a las miradas de mi madre, a las sonrisas cómplices de mi padre, y estoy pensando, que de regreso a casa, pararé en el pinar. Pediré a mi padre que me ayude con esas maniobras que nunca se me dieron bien y es posible que juntos podamos ver, el vuelo rasante de una cigüeña.
Norma agotada después de doce horas de viaje, bajó del avión. Abriéndose paso en el aeropuerto entre la gente que como ella acababa de llegar a la ciudad, Norma caminó deprisa hasta llegar a la parada de taxis.
En su bolso de mano llevaba una carta; la recibida un mes antes. En ella le comunicaban la admisión de trabajo en una fábrica textil como asesora financiera. Acompañando a la carta, había recibido un cheque para gastos de transporte y la dirección de un hotel donde la empresa tenía reservada una habitación.
Un taxi la llevó al hotel, y allí comenzaron las complicaciones.
En la recepción del hotel, un hombre malhumorado, alto y famélico, le comunicó que aquella reserva había sido anulada dos semanas antes. El hombre, con voz monótona y la vista puesta en otras cosas, siguió hablando diciéndole que lo sentía pero no podría alojarse en el hotel si ella misma no pagaba la habitación.
Intentó ponerse en contacto con la empresa que supuestamente la había contratado. Sucesivas llamadas y un silencio en cada intento, le hizo entender que algo no marchaba bien. Tomó la decisión de acercarse a la embajada. Al salir del hotel, desconcertada por no obtener noticias de la empresa, sobre una mesa, apilados ordenadamente, vio varios periódicos del día. Los ojos de Norma se posaron sobre un titular de la portada. “Textiles Santa Mónica cierra sus puertas tras varios infructuosos intentos de sus dueños por salvar la empresa”
No podía creerlo, había viajado desde Madrid hasta Lima, para leer en un periódico que la empresa donde debía trabajar durante el próximo año ya no existía. Rió nerviosa, se sentó, se levanto, caminó por la recepción del hotel y volvió a acercarse al hombre malhumorado. Sé detuvo frente a él antes de decir nada y después, como si las palabras le salieran a borbotones, confirmó una reserva para aquella noche.
Norma, decidió visitar la ciudad. Lima parecía tener mucho que descubrir, y al fin y al cabo ya estaba allí, ¿que más podía hacer?
Atravesó sin demasiada prisa el centro de la ciudad. Las casas coloniales, muestra de una añeja historia, se levantaban delante de sus ojos. Las balconadas de estilo republicano colgaban en las fachadas, concediendo al centro histórico un carácter de opulencia y abolengo propio de una legendaria vida cortesana. En aquellos momentos, un hombre levantaba las manos llamando la atención de un grupo de personas, todas ellas extranjeras. Iba a comenzar una visita guiada a una de esas casonas, cargada con elegancia y robustez. Norma se hizo un hueco entre los visitantes como una turista más y siguió al guía, enamorándose de todo cuanto sus ojos percibían: Los suelos de brillantes baldosas de mármol, el zaguán, los amplios ventanales enrejados...
Al salir de la antigua casona junto a sus improvisados compañeros, un grupo de niños les esperaban en la puerta. Ninguno alcanzaba la edad de ocho años. Descalzos, mal vestidos, extendían sus manos y tiraban de las ropas de los extranjeros.
Una pequeña de menor edad que los otros chicos, se agarró al brazo de Norma y le miró. Las legañas tapaban sus ojos. Norma, delicadamente, retiró aquellas secreciones lagrimales y tras estas, aparecieron unos ojos, grandes, bellos, tristes. Norma sonrió a la pequeña, le dio unas monedas pero la niña no sonrió.
Durante la mañana, Norma no quiso pensar en su mala suerte. Paseó por las calles de Lima, tomó varios cafés y algún bocado y al comenzar la tarde, pensó en visitar algún barrio periférico de la ciudad.
El camarero del último bar le recomendó que no lo hiciera y le advirtió, que los turistas no eran bien recibidos en alguno de esos barrios.
Pero Norma no se amilanó; nada peor podía pasarle después de encontrarse en Perú, sin el trabajo prometido y habiendo recorrido miles de kilómetros en un avión para tener que regresar de nuevo a España.
Persuadida por la idea de conocer la otra realidad de Lima, alquiló por unas horas, un destartalado automóvil sin licencia para transportar pasajeros. Su conductor, a cambio de unos dólares, aceptó acompañarla a las barriadas.
Norma recorrió las calles embarradas, apenas unas pocas estaban cubiertas de asfalto. Las casas se resumían en chabolas desvencijadas y apunto de ruina. Sus habitantes, apostados en las puertas de las casas, miraban a Norma con recelo, clavando sus ojos en ella, como queriendo atravesarla hasta llegar al mas profundo rincón de su alma. Los ancianos, mascando algo parecido al tabaco, con las manos retorcidas y desgastadas, esperaban sentados el transcurso del día, y los niños, corriendo entre los charcos y los perros, que aullaban al paso de Norma, paseaban su corta vida abocada a la enfermedad y a la penuria, sin que nadie lo remediara.
Norma sintió miedo, no por lo que pudiera ocurrirle en aquel submundo de pobreza y dolor, su miedo, se debía a no llegar a diferenciar ente la realidad de lo que veía y su propio interés turístico por aquellos barrios. Tuvo miedo de perderse entre la curiosidad anteriormente sentida, y la miseria de aquellos hombres.
Provista de una cámara, no fue capaz de hacer ni una sola foto.
A medida que avanzaba por las calles, entre las chabolas y sus gentes, iba sintiendo retortijones en el estomago, nauseas provocadas no solo por el hedor sino por una conciencia impregnada de culpabilidad. Y ese sentimiento, que la hacía sentirse como una espía indigna, removía sus entrañas hasta hacerla vomitar.
De pronto, algo rozó su pierna desnuda y retrocedió asustada. Luego, dirigió sus ojos hacia el suelo y vio una mano que acariciaba su vestido. Fue subiendo la mirada, hasta ver completa la figura de quien le acariciaba suavemente, aquella figura a quien pertenecía esa mano que limpiaba el barro de sus zapatos. Y entonces, vio unos ojos bellos y tristes. Los mismos que aquella misma mañana había visto. Era la misma niña, la misma mirada.
Norma corrió todo lo deprisa que pudo. Con lágrimas, se introdujo en el automóvil alquilado e indicó a su conductor que la sacará de allí.
Mientras secaba sus ojos, el conductor le dirigió unas palabras, unas únicas palabras.
_ ¿Esto era lo que quería ver, señorita?
Al día siguiente, Norma emprendió el viaje de regreso a España.
Mientras Norma, en la cocina preparaba la salsa del asado y daba el último toque a los postres, Jorge terminaba de contar a sus amigos esta historia. Después, el silencio llenó la estancia.
Jorge descorchó una botella de vino y rompiendo el silencio que aquella historia había dejado en el salón, solemnemente dijo:
_ Esta es la historia, tal y como Norma la vivió.
Después llenó de nuevo las copas, poniéndose de pie alzó la suya y brindó.
_ ¡Por Norma y por Mónica!
Apoyada en el umbral de la puerta del salón, Mónica observaba callada.
Cuando Jorge se dio cuenta de la presencia de la niña, con tono cariñoso le dijo:
_ ¿Qué haces ahí? Anda, vuelve a la cama ,pequeñaja.
_ Papá- contestó Mónica- Me acuerdo de cuando mamá me limpio las legañas de los ojos.