lunes, 2 de abril de 2012

EL PASEO DE ALBA Finalista en "Esta noche te cuento" Tercer puesto



-¿Que tienes ahí? te pregunté.
- Una luciérnaga- contestaste, y yo, vi una luz tenue.
-¿Puedo verla?
-No puedo enseñártela, se me escaparía- me dijiste desafiante.
Sonreí.
-He visto un búho, mirándome desde lo alto de un roble.
- ¿Y qué te ha dicho el búho?-
- Papá, los búhos no hablan, ululan, solamente ululan- sorprendido por tu respuesta volví a sonreír.
De pronto una risa salió de tu boca-
-¿De qué te ríes Alba?
-Una hormiguita sube por mi pierna.
-¿Y a la hormiga, me la enseñas?
-No, si la cojo le haré daño con mis dedos.
Percibí un olor verde y fresco y tú exclamaste -¡Qué bien huele!
-Sí, yo también lo huelo-Te dije extrañado.
-Es la lluvia que moja la hierba. ¡Mira, una mariposa amarilla! ¿La ves?
- Sí, se ha posado en la margarita-
- No papá, está sobre mi cabeza.
- Venga Alba, date prisa.
-Un rato más, quiero seguir paseando por el bosque.-Me pediste con voz zalamera.
-Pero si llueve mucho más, tendrás que regresar.
-No, ya no llueve.
- Venga Alba, deja el perfume de tu madre, apaga la linterna y sal de las sábanas, llegarás tarde al colegio.

domingo, 18 de marzo de 2012

NOCTURNO

La noche se acerca lentamente hasta mi ventana y se queda enmarcada en los cristales. Fuera una luna nueva quiere aventurar el nacimiento de un  ciclo. No quisiera que amaneciera, preferiría permanecer, aquí, sentada, mientras la noche abriga un sin fin de pensamientos, de imágenes que me gustaría fueran ciertas, pero imaginadas o no, en esta noche de luna nueva llenan mi universo haciéndolo más bello.

viernes, 9 de marzo de 2012

SUEÑOS DE EROS




                                               

ACTO FINAL

Las ventanas estaban abiertas. Sin embargo, la alta temperatura de la habitación era insoportable. Con la excusa del calor, Denis escapándose del momento que imaginaba no tardaría en llegar, salió al balcón. Desde allí podía ver el mar, incluso oía el eco de las olas. Se aferró con ira a los barrotes. Un pequeño fragmento suelto de los hierros, hirió su mano derecha, enganchó su anillo extrayéndole del dedo anular y en un vuelo gravitatorio cayó libremente hasta la entrada del hotel. Unas gotas de sangre se derramaron en el suelo. Pensó que era una señal. Se lamió la mano. Detrás suyo escuchó el sonido del descorche de una botella de champan. Se aferró aun más al balcón. Denis no podía, ni quería amarla. Sus manos no podían rozar su cuerpo, sus curvas todavía insinuantes no bastaban para permitirle arrojarse en sus brazos, no al menos sin cerrar los ojos, sin imaginarse en otro lugar.
Gloria lo oprimió por la cintura. Denis no se movió. Su olfato percibió el perfume de Gloria. No soportaba aquel olor, lo odiaba. Él mismo le había regalado en otros tiempos, frascos y frascos de aquel líquido que tanto adoró años atrás. Pero la vida cambia y aquella noche, en la que celebraban los quince años de matrimonio, Denis, sólo podía pensar en Verónica, en sus labios, en su boca suave, cálida y húmeda entrelazada con la suya. En todos y cada uno de los momentos imaginados, no reales, pero tan esperados, tan deseados.
Si su rostro hubiera sido otro… Si los sonidos de sus cuerdas vocales, si su risa hubiera sido diferente… pero no era así. Denis debía arrastrar la maldición de pensar sólo en Verónica, de soñar solamente con ella.
Verónica era la imagen contraria del espejo, el reflejo opuesto de su mujer. Sus ojos, enigmáticas lagunas negras, inundaban la mirada de Denis hasta golpearle en lo más hondo de sus instintos y a veces incluso de su alma. Sus movimientos lentos y cadenciosos, dejaban en el aire una estela de sugestión carnal. Verónica, a veces tan inalcanzable, a veces tan cercana, se había convertido en el único y obsesivo pensamiento de Denis.


Sin soltar totalmente los barrotes, se giró sobre sí mismo. Besó los labios de Gloria cerrando los ojos. Otros hubieran creído que era el claro signo de la pasión, pero sólo era un acto pensado. Era la única manera de no ver el rostro de su mujer y poder imaginar a Verónica uniéndose con él y con su anhelante boca. Sus brazos se soltaron poco a poco.  Con un movimiento brusco, agarró a su mujer por la cintura y sin abrir sus ojos, besó su cuello, su nuca, sus hombros. Sus labios fueron deslizándose ansiosos por un cuerpo imaginado y deseado. Las yemas de sus dedos buscaban la curvatura de unos senos sospechados. El aroma volvió de nuevo y violentamente se apartó.
En un impulso, que podía parecer una propuesta digna del mejor amante, cogió de la mano a Gloria, dirigió sus pasos al baño, y allí, desnudándose con rapidez, invitó a su mujer a hacer lo mismo. Minutos después el agua se deslizó por ambos cuerpos. Como una cascada templada se abrió paso entre las piernas. El perfume fue desapareciendo del cuerpo de Gloria. De nuevo los ojos cerrados, la mente a kilómetros de aquella habitación. Las gotas de la ducha se fusionaron con otras saladas procedentes de los ojos de Denis. Las manos temblorosas recorrían cada punto del cuerpo de Gloria. Con sacudidas hasta ahora jamás sentidas, viajando por todos y cada uno de los rincones femeninos, imaginándolos desconocidos, soñó con la piel tibia y receptiva de Verónica. Gloria, estremecida por aquellas inusuales demostraciones, apretaba su cuerpo contra el de Denis, quien parecía recibirlo con el agrado y el misterio de una primera vez.
 En el hilo musical, una canción en francés ambientaba el momento para los dos, mientras las lágrimas continuaban mezclándose con el agua, simulando un amor apasionado.
Como dos jóvenes adolescentes se enredaron salvajemente, delicadamente, tiernamente, violentamente. La luz proyectaba la sombra de una única silueta, la de dos cuerpos unidos en uno sólo.
El móvil de Denis sonó dos veces.  La primera hizo que él volviera a la realidad.  La segunda provocó el desencadenado final de aquella escena amorosa.
 Gloria salió de la ducha y contestó al teléfono. Una voz femenina al otro lado del teléfono, para ella. Para él, el sonido de la libertad, el empuje para acabar con todo, para dejar de fingir. Para acabar con el engaño.
-Era Loreto, quería saber cómo estábamos. Esta niña siempre tuvo desde pequeña el don de la oportuna interrupción.
Denis se desplomó sobre la cama. El burbujeo del champan en las copas, el mar, la música en francés, y él, en aquella habitación, con la que tanto había fantaseado, y sin embargo estaba acompañado de la mujer equivocada.
Salió de nuevo al balcón.
Volvió a sonar el teléfono. Gloria se lo entregó con indiferencia.
-Contesta Denis, esta vez sí es… Verónica. Pero antes brindemos por la despedida. Y ahora, cuando te vayas con ella, dale las gracias de mi parte.
-No entiendo Gloria.
-De no haber existido ella, nunca hubiéramos disfrutado de este último acto tan apasionado.

lunes, 5 de marzo de 2012

MAR DE DUDAS




Hay un barco que  me lleva siempre en dirección a ti y a pesar de que pongo resistencia al viento que sopla, ellas, mis velas blancas me empujan sin darme cuenta. Hay un faro que ilumina siempre el mismo camino, y aunque intento no ver su luz, su estela me domina y me arrastra hasta tu playa. Y yo te digo, "olvídame" pero  el aire del mar me vuelve a llevar una y otra vez a tu lado, con la sonrisa puesta, con la duda, con incógnitas marcadas, te digo "olvidame" y la brisa me abraza y grito " ámame"

domingo, 19 de febrero de 2012

IMPOSIBLE OLVIDAR


Desierta ya de tus miradas, de tus manos, de tu aliento, emprendí el camino de retorno hacia mi misma. Lo que no esperaba es encontrarme de pronto con el oasis de tu recuerdo.

martes, 14 de febrero de 2012

COMO SI YO HUBIERA ESCRITO LA CANCIÓN.

Sigo buscando las palabras exactas para hablarte con sinceridad, y no las hallo. Quizá es que mi musa se ha ido, o es que tal vez tus ojos al mirarme hacen que se derrita mi boca. Y es entonces cuando recuerdo una canción, y yo también digo “Quién fuera” como lo hacía Silvio Rodríguez.






viernes, 10 de febrero de 2012

CUANDO LLEGA LA NOCHE

Unos pasos indecisos me llevaron hasta la puerta. ¡Condenada mujer!, había echado las cortinas. Aún así la luz tenue de la lamparilla de noche, me indicó que estaba despierta. La imaginé. Soñé con su rostro velado entre las sombras, que la hacían más bella. Me quedé un rato más observando bajo la ventana. Decidí que lo haría todas las noches. Me traía buenos recuerdos; éramos jóvenes y yo espiaba cada anochecer  junto a su portal. Aun no estábamos casados.

jueves, 9 de febrero de 2012

LA CARTA NÚMERO TRECE


                                     

 A lo largo del último año, el primer martes de cada mes ,se repetía el mismo ritual. El recorrido esperanzado, desde la ventana del salón hasta el reloj del pasillo y luego a la mirilla de la puerta de entrada, que durante tres horas de continuo movimiento era como el milagro de la vida para Julia, finalizaba cuando el timbre de la puerta resonaba en la casa y ella, arreglando su cabello, abría al cartero y recibía la carta mensual. Luego,   lo que sucedía, estaba previsto. Apretaba con anhelo el sobre contra su pecho y perdiéndose en el acolchado sillón, leía el trocito de papel mientras escuchaba a Gardel cantando “Cuando tu no estas”.
Pero aquel martes víspera de la noche de reyes, tras el rito acostumbrado, el timbre de la puerta no sonó. Julia, sola, ensimismada en intentar comprender que había pasado con su carta, sin llegar a entender que clase de injusticia era aquella que la privaba del placer de recibir las noticias de ese amor que sentía tan cercano en cada párrafo leído, esperó a que el día llegará de nuevo, y así, se mantuvo alerta un día tras otro esperando la llegada del cartero.
Tras una semana de inquieta espera, la carta número trece no llegó, y a pesar de que hacía más de un año que Julia no había pisado la calle, se enfundó en un traje color azul y se acercó a la oficina de correos para indagar sobre el paradero de la carta.
En la antesala de la oficina, una joven descolgaba los adornos de Navidad. Julia la miró de arriba abajo y de abajo arriba y tras esos segundos de convulsivo examen, preguntó sin preámbulos por su carta. La joven, molesta por la mirada inquisidora de Julia, consultó de mala gana los archivos y buscó la desaparecida carta sin hallarla. Julia mantuvo la mirada fría durante un rato, hasta que se vino abajo y llorando tuvo que tomar asiento. La joven intentó consolarla con la justa compasión de estos casos, en los que sin saber porque, alguien desconocido llora ante ti y has de remediar su dolor. Como si el agua lo curase todo, la ofreció un vaso.
Julia, desilusionada por no poder regresar a casa con su sobre para acariciarlo, se levantó e hizo intención de salir de la oficina, justo en el preciso momento en el que un hombre con sombrero de fieltro entraba. El caballero, viendo los ojos vidriosos de Julia, tras recoger un paquete se ofreció a acompañarla hasta su casa. Durante aquel paseo inesperado y oportuno, Julia narró la historia que la atormentaba, el desvelo de los días atrás y la espera inútil de su carta. Relató animosa la hermosura de su Argentina lejana, de sus sueños cumplidos y del amor vivido. Con lengua suelta y alegre, su voz cada vez sonaba más melodiosa, y durante el paseo se olvidó de la carta.
Tras aquel paseo vinieron otros, y el protocolo de los primeros martes de mes se perdió entres miradas cómplices y confidencias.
En las noches frías que vinieron aquel invierno, una imagen diferente se dibujó en los cristales de la ventana, un caballero amable disipó la añoranza de otros tiempos.
 A veces Julia miraba el retrato de aquel hombre que tanto la amó desde la juventud, con el que atravesó el océano, aquel de quien un año atrás se había despedido bajo los cipreses del cementerio y al que conservaría siempre en la memoria.
 Un martes, sin ritual previo, sonó el timbre de la puerta. El cartero, cabizbajo, se disculpó por la tardanza en la entrega de una carta olvidada entre otras infantiles, llenas de ilusiones y deseos, en la pasada noche de reyes. Julia, ni siquiera abrió la carta, sabía bien lo que decía, recordaba cada renglón, cada frase que ella misma había escrito tratando de no olvidar a quien la había amado hasta la muerte. Quizá fue el azar quien hizo que se extraviara la carta, o quizá fuera la forma que el destino tuvo de ofrecerle ese nuevo amor. Julia, se sentó acomodándose en su sillón, apretó la carta en su pecho, y de nuevo se escuchó la grave voz de Gardel.

martes, 7 de febrero de 2012

MICRORRELATOS

LA CULPA LA TUVO EL PEINADO

Tu madre te enseñó a peinarte así. Siempre llevaste unas trenzas recogiendo bien tu larga melena. Pulcra y decente como la que más. Te enseñaron a buscar un buen partido entre los compañeros que salían de la universidad. Probaste con cinco o seis. El último, tu marido. Alguien de la alta sociedad, alguien de grandes copetes, tan grandes como sus bofetadas.  Quizá fue porque también te enseñaron  a llevar un flequillo lacio cubriendo   tus ojos. 


LA OTRA 
La rozabas suavemente con tus dedos. Ella ni se movía. Deslizaste todo tu amor por su cuerpo curvado. Yo, desde el umbral de la puerta tuve celos. Ella era la que me robaba todas tus caricias. Ella, la que hurtaba todos mis momentos posibles contigo.La abrazaste, y entonces oí la melodía. Maldije una y mil veces tu guitarra.

martes, 31 de enero de 2012

SÓLO ENTONCES

 










Sólo quiero conocerte el  día que entres por mi puerta.
El día, que cruces la calle para llegar a mi calle.
Sólo quiero conocerte sin obligarte.
 

Sólo quiero tener tus manos entre las mías 
cuando tus manos se encuentren tranquilas entre mis manos.
Sólo quiero conocerte cuando me escuches sin prisa.

 Sin ganas de marcharte.
Cuando sentado a mi lado no haya nada que te obligue a levantarte.
Cuando dejes pasar las horas, sin que se te haga tarde.
Cuando el silencio se haga armonía entre tu alma y la mía.
Cuando en la madrugada de tu boca, por sí mismas salgan las palabras.
Entonces y sólo entonces querré conocerte.