miércoles, 4 de abril de 2012

SASTRE, MATEMÁTICO Y POETA.


    Allí fue donde volví a ver a Margarita. Suave, inmaculada, como era ella.  Ese día, mi padre cumplía cincuenta y cinco años, y como celebración, me invitó a un suculento aperitivo en La Republicana. Bendito lugar donde recobré y a decir verdad también perdí a Margarita. Perdonen que insista, pero para mí, durante mucho tiempo, pronunciar su nombre había sido como recitar el padre nuestro que me enseñaron en el colegio, no, aun mejor, como recitar las poesías de Rafael de León. Aquellas estrofas que yo declamaba de niño, sin pudor ni vergüenza frente a un espejo, “Mira cómo se me pone la piel cuando te recuerdo” y a las que yo añadía siempre su nombre: Margarita.
    Aquel lugar no existía en el tiempo de mi niñez. Al menos no logro recordar si su presencia en el barrio ya alegraba los paladares de los vecinos y foráneos. Aunque es posible, que al recordarlo, su nombre fuera otro, quizá Café Recuerdos, y por supuesto, por mi edad, no había pisado aquel lugar.
    Pero en definitiva aquel bar, lleno de fotografías, conservas, cuadros, y objetos de todo tipo, resultó ser con el tiempo, a demás de donde encontré y perdí a Margarita, mi lugar preferido, para comer o incluso tomar un café con los amigos.
   Hoy recuerdo como la conocí. Cómo durante toda una infancia entera estuve pensando en una niña, en esa a la que volví a ver, después de once años de ausencia.
    La primera vez que la vi, fue en casa de doña Francisca. Bien pequeño era yo, un retaco mal peinado, con pantalones cortos, y mi característica sonrisa de oreja a oreja. Allí estaba ella, no me la presentaron, ¿cómo iban a hacer eso? Sin embargo yo vi a la niña, de reojillo, con su vestido blanco, sus manitas de cera enguantadas hasta el codo, mirándome, con los ojos puestos en los míos.
    Tras aquella tarde de visita, doña Francisca que estaba viuda, sin hijos ni nietos que alegraran sus enfermedades, me acogió en su casa cada una de las tardes después de salir de las clases de don Alejandro, hermano de doña Francisca y mi maestro.
    En el salón de aquella casa, aprendí a hacer ganchillo, vainicas, pespuntes, ojales, y a tocar medianamente el piano, disciplinas que no me sirvieron nunca para nada, y que a mi padre jamás le gustaron.
    Que se rieran en el colegio de mi afición, ni me importaba ni me dejaba de importar, si había que aprender a hacer dobladillos, o hilvanes por poder ver al ángel que llenaba mi retina y mi mente, poca pena era, si así, conseguía llegar luego a casa, invadido por un amor infantil.
    En mi decimo cumpleaños, doña Francisca me regaló un costurero de madera, canteado con metal dorado, un bizcocho de chocolate y un librito de naturaleza. Creo que a la pobre mujer, la hubiera gustado tener una hija o una nieta para poderla hacer regalos parecidos. Incluso pienso que ella hubiera agradecido que yo en lugar de ser un chico, hubiera sido una niña que paliara sus carencias.
  Al llegar a casa, recorté las fotos del librito, y con ellas forré el costurero. Guardé en el, todas las poesías que escribía cada noche, metido entre las sabanas, y pensando en Margarita.
    Las tardes se me hacían cortas. Dejaba que doña Francisca me adoctrinara en todo tipo de menesteres y culturas de su época y que su piano educara mi oído, mientas, yo sentía un calor interno, al poder mirar a la niña.
    Una tarde llegué antes de lo acostumbrado. Doña Francisca estaba revisando cartas de su pasado, y fue cuando me contó cómo había conocido a un marino mercante que amaba la música y que años después se convirtió en su marido.
    Me contaba, que entonces aun era moza, quince años dijo que tenía. Solía acompañar a su madre a los conciertos de La Filarmónica, que poco posterior a la guerra había retomado su lugar social y cultural en Zaragoza.
    El marino acababa de cumplir veinte años y nieto de pianista, la tarde de su cumpleaños, bien vestido, perfumado, junto a su hermana asistió a un concierto.
    Doña Francisca, mirando por la ventana recordaba todos los momentos vividos, y con exactitud me refirió, esa primera vez que el rostro del joven encontró un lugar en los ojos de doña Francisca niña.
-Yo estaba sentada en el lugar de siempre, con la mano de mi madre sujetando la mía, y le vi entrar, con andar firme y elegante, su pelo rizado, limpio y aseado y esa tarde, apenas atendí los acordes de los músicos. Mantuve mi mirada fija en su cuello, con el deseo de que algo le hiciera volver su cabeza y me viera. Yo era bonita, bien vestida y socialmente reconocida. Recuerdo- me siguió contando- que aquella tarde yo llevaba un vestido azul, con puntillas blancas rematadas en un lazo azul marino, unos zapatos con tacón y hebilla dorada calzaban mis pequeños pies, y mi pelo… mi pelo, negro, recogido en un moño victoriano, y fue entonces, cuando mi madre dándose cuenta de mi entusiasmo por aquel joven, arrastrándome palco a fuera y luego escaleras abajo, llamó la atención del marinero y sus ojos se quedaron clavados en los míos.
    Tras esta confesión un suspiro largo y profundo salió desde lo más hondo del alma de aquella mujer, y luego siguió hablando y hablando, mientras, yo en actitud de estar atento, miraba a la niña.
    El relato duró hasta la noche. Llegué a casa mucho mas tarde de la hora permitida. Mi padre esperaba mi regreso impaciente y malhumorado. Con voz tosca, comenzó a gritar para terminar diciéndome que nunca más volvería a casa de doña Francisca. Angustiado, grite aun más fuerte que mi padre, objetando esa decisión. Eso no podía ser, yo no podía dejar de ver a Margarita.
   Mis quejas dieron como resultado un tremendo bofetón de mi progenitor y silenciosas lágrimas, sobre mi almohada. Mi padre jamás me había pegado. Jamás había levantado su mano sobre mí. Aquella noche, me retumbaron los oídos. Sin embargo lo que más me dolió fue el castigo. No imaginaba las tardes sin poder ir a esa casa donde mi vida tenía sentido. ¿Que podía yo saber entonces sobre la vida?
   Y pensé en mi madre, a ella, no le hubiera importado que yo fuera a casa de doña Francisca. A ella, quizá, me hubiera a atrevido a contarle mi ilusión, y lo hubiera entendido. Con estos pensamientos exhalé muy bajito pero lleno de rabia, algo que había tenido guardado durante años.
-Maldita sea que Dios se la haya llevado, que digo yo, para que la quiere Él a su lado, si a mi más falta me hace.
    Al día siguiente, mis ojos amanecieron rojos, ni un solo minuto se habían cerrado.
    Somnoliento, me vestí como cada mañana, y fui al colegio.
   Durante la noche, había estado urdiendo una estrategia para poder seguir viendo a Margarita.
    Me acerqué al maestro y le comenté que no entendía las lecciones de aquel mes en matemáticas. Él, sin pensarlo, me ofreció clases extras, y ya que yo solía ir a casa de su hermana cada tarde,¿ qué mejor lugar había para recibir  esas clases?
    Rezongué un poco, como si la idea del maestro no me gustara, cuando en realidad, mi corazón estaba saltando por dentro. El maestro, muy severo, me dijo, que entendía que esas lecciones extras no me gustaran, pero era lo mejor para mi, si quería aprobar el curso, que él mismo se lo comunicaría a mi padre.
    El plan tramado, había dado los resultados esperados. Mi padre no pudo negarse a la propuesta del maestro. Aunque durante varias horas, tuviera que estar estudiando matemáticas, al fin, iba a poder seguir viendo a la niña.
    De esta manera, entre algebras, logaritmos, senos y cosenos, conseguí que mis conocimientos en matemáticas se ampliaran, aunque yo no lo confesará así al maestro. Mis sueños poéticos por aquella niña, fueron construyendo mi día a día.
    A mi padre se le pasó pronto el berrinche. Incluso se sintió orgulloso de mí. Por fin parecía que yo había abandonado la costumbre de hacerle el dobladillo a toda tela que se me pusiera por delante y me dedicaba a estudiar como Dios manda, para hacerme un hombre de provecho.
    Poco tiempo fue, el que duró el engaño de mi nefasta aptitud para las matemáticas. Pronto ,el maestro se dio cuenta de que sabia más de lo que demostraba. Pero para fortuna mía, al maestro, le llenó de satisfacción creerse el artífice de mi desbaste aritmético. Me nombró como su mejor discípulo y quiso continuar con las clases hasta hacer de mí un “Euclides” como él decía.
    Incluso con la llegada de los veranos y el término de las clases del curso escolar, don Alejandro, insistía a mi padre de que una cabeza tan bien formada y educada no debía desmantelarse, relajándose en juegos infantiles estivales. Cada tarde, debía atravesar  la calle Del Coso y adentrarme , refugiándome del calor veraniego, en la casa de doña Francisca.
    Una de aquellas tardes, arrastrando casi literalmente mi cartera, pude llegar a la casa chorreando en puro sudor. Al subir las escaleras de la entrada, salió a recibirme don Alejandro. Su expresión mustia, me indicó que algo había sucedido y nada bueno, y así había sido. Doña Francisca había amanecido en su cama tiesa como un palo. Aquella misma noche, como un jilguerillo en silencio y sin hacer el menor ruido ni aspaviento, había abandonado esta tierra para dirigirse, según el maestro, a otra mejor.
    La cartera se me cayó al suelo, abriéndose y desparramándose los cuadernos, lápices, el compás y todo lo que en ella había.
    Don Alejandro me abrazó con fuerza intentando consolarme de la perdida. Él no sabía, que aunque había tomado cariño a su señora hermana, realmente lo que temía, es que las clases no continuaran, no al menos en el salón de la casa, lo que me impediría volver a ver a Margarita.
    Unos días después, el maestro vino a mi casa, para hablar con mi padre. Yo esperaba con impaciencia esa visita, deseando reanudar las clases, pero la conversación que mi padre y el maestro mantuvieron fue por otros derroteros.
    Cierto era, que el avance que yo había realizado con las matemáticas había sido significativo. En realidad, empezaba a creerme eso de ser un “Euclides”, pero ¿qué necesidad había de salir de mi casa para estudiar en otro lugar, interno, donde conservarían y educarían en mayor medida mis conocimientos? Y eso era justo, lo que el maestro vino a proponerle a mi padre.
-El chico, es listo, y tiene talento, se va haciendo mayor, y creo que es hora, de que suelte las riendas paternas- le dijo.
    Y así fue como sin quererlo, ni estar de acuerdo, me internaron en un colegio de frailes, y dejé de ver a Margarita.
    Los primeros días fueron duros. Echaba de menos mi casa, a mi padre y la cara angelical de la niña. Mis compañeros no me hicieron en un principio la estancia agradable. Se reían de mis conocimientos de costura, cuando algún botón se me caía y no tardaba ni un segundo en coger una aguja y cosérmelo de nuevo, o cuando el dobladillo de los pantalones se soltaba y rápidamente y con destreza arreglaba el bajo. Aquello me hizo recibir el sobrenombre de “El sastrecillo valiente” y algún que otro huevo frito de la cena que escurriendo por mi cara, terminaba por introducirse en el bolsillo de mi camisa. Creo que fue entonces cuando empecé a tener cierto aborrecimiento por los huevos.      
    Pero con el tiempo y comprendiendo, que debía abandonar mi afán por llevar toda mi ropa bien cosida, me fui haciendo a mis nuevos compañeros, a las clases, y al nuevo maestro.
    Un fin de semana, de forma alternada , me dejaban ir a la casa familiar.
    En una de esas visitas, pasado un año, mi padre me contó que la casa de doña Francisca se había vendido. Lo primero que se me pasó por la mente fue, ¿Que habría sido de Margarita? ¿Dónde estaría ahora?
 La verdad es que ya no pensaba tanto en ella, había bastado el paso del tiempo y la pelusilla que me había salido sobre el labio, para que mis amores soñados, se hubieran quedado en el costurero que cuatro años atrás Doña Francisca me había regalado.
    No volví a pensar en ella, no con la candidez y obstinación de mi infancia.
    Salí del colegio y seguí los estudios en la universidad. Como, ya desde niño había apuntado gusto por el romanticismo, en cuanto vi a María Jesús, me enamoré de ella.
    Pero María Jesús, no era como Margarita. Nada tenían que ver la una con la otra.   Margarita era dulce. María Jesús respondona y dominante. Así que mis estrofas con ella no valían. Yo que era un insigne poeta, amante del clasicismo y la galantería más pura, recibía a cambio mofas y desdenes de aquella joven compañera de clase. De ella y de sus amigas, que me tenían enfilado, y hasta que no encontré a Fernando que me introdujo en el sistema preciso de como conquistar a una chica, hostigándome a dejar la métrica y las cursilerías aparte, no conseguí verme a solas con María Jesús. Me bastaron tres citas con ella, para darme cuenta, de que no había nada que hacer con mi compañera.
    Había hecho ciegamente caso a los consejos de mi amigo Fernando, pero es que aquella chica, no recibía con agrado ni el más mínimo romanticismo por mi parte. Así que viendo que aunque yo había pulido mis formas comprendiendo, que la poesía, se había quedado para otros tiempo pasados, que a decir verdad, probablemente no eran ni siquiera los míos, dejé de verme con María Jesús.
    Deseaba tener a mi lado, a alguien que al menos permitiera  que mis sentimientos aflorasen de vez en cuando en algún detalle que sin ser empalagoso ni dulzarrón, no me convirtiera en un frio y calculador hombre de los noventa.
    Abandoné la idea de la conquista y me imbuí en mis matemáticas hasta salir licenciado en ciencias exactas, encontrando pronto trabajo.
    Y en la primavera de 1999, aquel día en el que mi padre cumplió los cincuenta y cinco años, con mi primer sueldo, le compré un regalo.
   Él, orgulloso y muy agradecido, me invito en La Republicana, obsequiándome con lo que yo aún no conocía como sus famosos huevos.
    Cuando los vi frente a mí, me hicieron recordar las batallas de mis compañeros del internado. Mi padre, estaba pleno de alegría y no iba a rechazar su invitación por nada del mundo, aunque odiara los huevos fritos.
Así que armándome de valor, introduje en mi boca el tenedor con un trocito de huevo, y el paladar ,entonces ,degustó uno de los mejores manjares que en años había probado. Busqué al camarero para que nos pusiera otro plato y fue entonces cuando la vi.
    Allí estaba Margarita. Tal y como yo la recordaba. Rodeada de un marco oval y labrado de madera.
-¿Sabes quién es, verdad hijo?-me preguntó mi padre, sin que yo dejara de mirar aquel retrato.
    Y en esos momentos yo no supe que responder. La verdad .es que había estado soñando durante años con aquella niña y ni siquiera sabía quién era.
    De hecho, yo mismo la había bautizado con el nombre de Margarita, como aquel poema de Rubén Darío.
Seguidamente mi padre me aclaró la identidad de la niña.
-Pobre mujer. Cuando murió y vendieron la casa, don Alejandro se deshizo de todos los enseres que había en ella, incluido ese retrato de doña Francisca en su primera comunión. Y mira, ahí está, luciendo como se merecía, junto al piano.
    No pude hacer otra cosa que reírme sueltamente, mientras seguía saboreando aquellos “Huevos a la Republicana “y observando, sin que me importara, la falta de un botón de la camisa.

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